13 d’octubre 2009

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No sempre es té la capacitat, o les ganes, de convertir l’anècdota en Història, el nom comú en propi. La majoria de les vegades, si açò s’assembla a un hivern no és per impecable, sinó per desolat, erm, remotament fred. Una aparença, només; perquè les coses, sortosament, no són tan negres. Ni tan sols grises. És, únicament, que no tinc ganes d’escriure sobre segons quines decepcions: si més no, mentre continue havent-hi alternatives.

Mentrestant, aquest silenci són tres llibres excel·lents, consecutius, enllaçats: El mar de Banville, Un estiu al llac de Vigevani, i Mitologías de invierno. El emperador de occidente, de Michon:

Lo que importa es que con el mundo se hagan países y lenguas; con el caos, sentido; con las praderas, campos de batalla; con nuestros actos, leyendas y esa forma sofisticada de leyenda que es la historia; con los nombres comunes, nombre propio. Que las cosas del verano, el amor, la fe y el ardor se hielen para terminar en el invierno impecable de los libros. Y que sin embargo en este hielo un poco de vida permanezca congelada, fresca, garante de nuestra existencia y nuestra libertad. Ese poco de verdad mortal que arde en el corazón frío del escrito, la belleza parca del uno y el esplendor impasible del otro, esto es lo que me esforcé por decir aquí.

Pierre Michon, Mitologías de invierno. El emperador de occidente

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